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Portuñol

por Sebastián Serrano A Edina Ella habla portugués, él español. Ella pinta y vende cuadros en la plaza, él un simple funcionario de ocho a seis. Se miran. Él mientras toma una cerveza en una terraza de la plaza, ella mientras habla y ríe con los compañeros de pega. Él la invita a sentarse, ella acepta. Hablan. Ella le entiende bien, él casi nada. Cada frase de ella, él no la entiende, ella repite, es paciente. Él le cuenta de su ciudad y las montañas, ella le habla de su pueblo de ganados y selvas. Llega la noche, se han quedado juntos. A las doce ambos comprenden algo. Los ojos, los labios y las manos no entienden de conjugaciones ni de verbos, hablan el mismo lenguaje.

Nota en el frigo

por Sebastián Serrano Brusco. Sos brusco cuando hacés el amor. Además, me harta que dejés la comida en el frigo durante días, hasta que empieza a cubrirla una capa verde horrenda, me da asco. Claudio, tu amigo, el que me presentaste en el boliche, al que como todos tus amigos humillas inconcientemente con tus ademanes de intelectualoide academizado. Me voy con él. Te dejo el DVD, la comida de Cayú (se la podés dar a los gatos de la calle...), y los guantes de mi amiga Lola ( a la que según Ale, te la tiraste durante mis vacaciones en Montevideo). Me llevo los preservativos que tan puntualmente comprabas para no asumir responsabilidades innecesarias. Cuídate. No te olvides de tomar el Trebol. Con amor, Eva

Mario para siempre

por Sebastián Serrano A tus ochenta y siete tomas la pluma o la máquina, armas las tuyas de cortar soledades y amores, despiertas y tu voz se vuelve a escuchar: Te sale el aliento lento cuando lees los versos, ojalá no sean los últimos, Amigo de la poesía y de nuestra América te debates frente a tu última pérdida, que es la de todos, quizás porque ya no dirás: “porque te tengo y no, porque te pienso”. Siempre habrá un camino abierto hacia Montevideo, para encontrarte y para escuchar los himnos nuestros de tu boca, amigo, compañero, poeta. Cierro este humilde homenaje que no es una elegía con eso tan grande, tan dicho a tu estilo: “Ojalá amemos sin bochorno/ ojalá amemos/ ojalá.”

Zona de fumar

por Sebastián Serrano a Roberto Martínez 14 horas parecían poco, más aún cuando están separadas por el poniente y el saliente y por un vuelo de llegada y otro de salida. Y es que un aeropuerto no sólo puede convertirse en aquél desolador paraje que los viajantes tenemos que atravesar para mirar en sus ventanales a los que se quedaron, sino en la confluencia del apuro, el cansancio y hasta del enojo. El caso es que me senté a aliviarme de tantas horas que me esperaban por esperar, con una cerveza bien fría en aquél recoveco que era anunciado por un letrero de “Zona de fumar” del aeropuerto Jorge Chávez de la ciudad de Lima. La pesadumbre del largo viaje y la nostalgia de mi partida fueron en seguida espantadas por la afable voz de Roberto. Tras explicarme de su problema resuelto con la agencia de viajes para llegar a Milán, intercambiamos algunas anécdotas periodísticas, filosofías, risas. Se separaron, su apuro por llegar al “...

Carta a Bettina (tercer fragmento)

por Stalin Coronel Te esperaba un señor en un auto y tus amigas y tú dieron vuelta y se fueron. Un extraño de camisa a cuadros con bigotito tejano y rubio como gringo, fue elúnico que se dio cuenta de lo que nos pasaba y me dijo: cántele una canción. No quise hacerle caso al principio, así que me miró tiernamente, como diciéndome, yo soy El Momento Apropiado, hazme caso. Entonces fui a sacar la guitarra y pensé que debía cantarte “Acróstico”, una canción que te compuse hace algún tiempo: Bella, como todo lo que toca…; Ella, que transpira inocencia…; Tiene por virtud esa sonrisa…; Trampa que me atrapa y me libera…; Inconsciente, su silencio es inconsciente…; Nadie sabe todo lo que siente…; Anda tan dispuesta y decidida…; su nombre me causa melancolía, pero inspira poesía, melodías y verdad”. Me moví para traer la guitarra y entonces Quito me helaba el rostro, me enredé en una cobija y se movió la almohada, perdí el sueño. Cuando abrí los ojos no tenía en mi cabeza más que ese últ...

Disciplina

por Sebastián Serrano Hacían el amor todas las mañanas, entre 6.00 y 6.15, justo antes de que sonara el despertador a las 6.20. A él lo despertaba sigilosamente el deseo de su sexo e inmediatamente como por instinto, sus pies desenredaban la selva de sábanas hasta llegar a los de ella. Ella respondía in situ y fiel a ese acto que desde hace los 4 meses que vivían juntos, se había convertido en una especie de ritual sagrado con el que empezar el día. Áquel martes fue distinto. A él lo despertó el sistemático sonido eléctrico del despertador y ella se levantó, in situ, con él. Tomaron el café en silencio, no se hablaron, y al despedirse, ella a penas se fijó que llevaba puesta la corbata que siempre dijo detestar. Esa mañana en el trabajo, él aceptó el cargo de supervisor y renunció definitivamente a la idea de montar su propia tienda de restauración de cuadros. Esa tarde, ella se tiñó el cabello y compró en el súper de la esquina la última edición de “Vanidades”. Desde entonces,...

1950

por Iván Egüez P. Justamente hoy, dentro de veintiséis años, nacerá alguien a la una de la mañana. No se me es concedido verlo más. Después de treinta y dos años y unos cuantos días, leerá sobre mí en este día de 1950, que no alcanzará a imaginar. No sabrá que lo sé; ni ahora yo mismo me permito saber para no deshilar la trama del tiempo, o por no encontrar nada que valga leer sobre mí en este día. Después nos mentiremos a nosotros mismos diciéndonos que este vínculo no pudo existir.