Zona de fumar
por Sebastián Serrano
a Roberto Martínez
14 horas parecían poco, más aún cuando están separadas por el poniente y el saliente y por un vuelo de llegada y otro de salida. Y es que un aeropuerto no sólo puede convertirse en aquél desolador paraje que los viajantes tenemos que atravesar para mirar en sus ventanales a los que se quedaron, sino en la confluencia del apuro, el cansancio y hasta del enojo. El caso es que me senté a aliviarme de tantas horas que me esperaban por esperar, con una cerveza bien fría en aquél recoveco que era anunciado por un letrero de “Zona de fumar” del aeropuerto Jorge Chávez de la ciudad de Lima. La pesadumbre del largo viaje y la nostalgia de mi partida fueron en seguida espantadas por la afable voz de Roberto. Tras explicarme de su problema resuelto con la agencia de viajes para llegar a Milán, intercambiamos algunas anécdotas periodísticas, filosofías, risas. Se separaron, su apuro por llegar al “counter” y mi letargo en aquél bar para viajeros, y con ello me quedé con el pensamiento de que la gente más interesante puede conocerse en lugares tan contradictorios como impredecibles, o sea, en los aeropuertos.