Una lata de cine

por Enrique Vivanco


Se levantó con muchas ganas de ir al cine, agarró el periódico y buscó enseguida la cartelera, temiéndose lo peor. Tuvieron que pasar varios minutos hasta que encontró la sala que le gusta, con la película que ansía mirar. No necesitó leer ninguna reseña al respecto, el sabía que esa película estaba dirigida por esa clase de director irreverente y paralelo a este universo y que eso garantizaba un buen rato durante la proyección. Tampoco se detuvo para preocuparse por asegurar su asiento, ya que ese tipo de cintas no tienen el apoyo de otras, a pesar de estar en el estado de "estreno mundial".

Agarró a la pasada una chaqueta de cuero envejecida por los años y sin peinarse siquiera saltó a la calle, como quien asalta al mundo de un solo golpe. Como en el buen cien europeo, las películas se muestran por la noche, en la oscuridad de un callejón desierto, con personajes definitivamente sospechosos y es en la intimidad de una boletería desolada, donde se compra el ticket al paraíso. Un bombardeo de recuerdos se le aglutinaron en la cabeza, la memoria se volvió un frasco antes vacío, ahora lleno de deja-vús, presentimientos e ideas redentoras.

Identificándose ipso facto con ellos, tarareando hasta la semana siguiente esa banda sonora envolvente e inolvidable, repitiendo frases significativas durante el resto del día, sintiéndose movido por la historia, afectado por el desarrollo de los acontecimientos e incluso revueltas sus ideas, él caminaba. Abandonaba el lugar de los hechos con la única certeza de volver, lo antes posible, para involucrarse nuevamente en eso que llaman cine, un viaje sin retorno, una aventura imaginativa que nos puede llevar al placer o al llanto, a la nostalgia y al odio, a la vida y hasta a la muerte.

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