MIKOI

por Sebastián Serrano

“(…) Que la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

Soliloquio de Segismundo, La vida es sueño.

Apenas estuvo en el ascensor panorámico se detuvo un instante para reflexionar sobre a qué piso iba, sólo tenía certeza que descendía. Pudo observar aquel bosque de luces que se extendía hasta el horizonte, era una ciudad moderna y mundana. El ascensor se detuvo en la planta baja, debía de ser una especie de subterráneo en donde encontró un enorme local, entre oscuro e iluminado por luces multicolores que pintaban el ambiente de lugar nocturno, de espectáculo. No bien se apeó del ascensor una chica de mediana estatura, asiática y hermosa se le abalanzó, lo besó muy familiarmente, expresaba efusivamente una alegría íntima. Se abrazaron, definitivamente tenía que ser su pareja. Tomados de la mano se dirigieron a un lugar donde había una gran pantalla gigante todavía apagada. Sabía que habría una especie de concurso, tal vez será un karaoke, pensó para sus adentros, era sin duda un encuentro que habían planeado con antelación. De pronto sucedió. Recordó su origen: uruguayo, 30 años, recordó a sus padres y sobrinos, su trabajo para la agencia de inteligencia en un país africano, tuvo conciencia de sí mismo. Tomó a la chica suavemente por el rostro, la miró y le dijo: “Estamos soñando, esto es sólo un sueño.” Pudo ver las facciones de la chica descomponerse y explotar en un llanto histérico, ella lo abofeteó un par de veces y salió corriendo. Fue tras ella, la buscó entre las mesas, casi despierta y por un momento sintió la tentación de darle otro rumbo al sueño, pero finalmente la encontró. Estaba de espaldas y tenía el pelo encanecido. Mikoi se volteó, (supo su nombre en ese momento) ella le sonrió todavía con rasgos envejecidos, era una mujer de unos 70 años, pero poco a poco mientras sonreía su rostro se fue rejuveneciendo hasta convertirse en la muchacha que lo recibió en el ascensor. Se miraron por un momento, felices y cómplices: pronto despertarían en otro país, a distintas horas, con otra edad y nunca más se volverían a ver. Y lo sabían.

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