Carta a Bettina (segundo fragmento)
por Stalin Coronel
Sentí un gran vacío en el pecho. -- Hemos tenido toda la tarde para hablar de eso, y ahora se me ocurre preguntarle ¿Cómo estás? , si que sé decepcionarme -- Te tenías que ir y decidí no entregarte el grabado. -- Yo también fallo en encontrar el momento más apropiado para hacer las cosas -- Bajamos para poder despedirme de tus amigas y entre muchos “!gracias!, ¡son bienvenidas cuando quieran!, ¡Qué gusto de conocerte mija, mi hijo me contó mucho sobre ti.
Chao!!, etc.”, salimos a la puerta de calle. Ya parecía que se marchaban, pero se dieron vuelta yo no sé para qué. Lo que sé es que fue bueno, porque también diste vuelta y nos encontramos nuevamente. Yo te abracé y te agradecí. Me preguntaste ¿porqué?, y te dije que si algo había aprendido gracias a ti es sobre la paciencia. -- ¿la paciencia?, !pero qué tarado!, si lo que llegué a conocer bien fue la ansiedad, el sueño, la importancia de la vida, lo lejano que está el olvido, lo maravilloso del silencio , lo letal de tu silencio. Aprendí sobre todo menos sobre la paciencia – Tú te reíste. Dijiste que desde ese momento hablando del pasado, y moviendo la cabeza en círculos que nos implicaban, después de la despedida te diste cuenta que nada resultó “porque cuando te fijás, te das cuenta que sólo sos fanática de ti misma”. Entendí lo que me querías decir; que mucho de lo que hacemos no lo hacemos por y para el otro, sino para sentirnos mejor con nosotros mismos. Luego me miraste directamente a los ojos y con ánimo de lamentación y ternura me confesaste: “No, che, si después de eso caí en un eclenoccio... se te quebró la voz y preferiste callarte. Me abrazaste fuertemente como yo a ti. En ese momento tu apariencia volvió a ser la de siempre. ¡Eras hermosa y estabas ahí! Tenías una camiseta amarilla pegadita – como la del baile del semáforo – y un pantalón medio celestito o plomizo deportivo, -- como en el colegio --. Nos abrazamos y nadie se daba cuenta. Esa despedida tenía el ruido perfecto del resto de la gente que al fin nos dejaba estar solos.