La quinta bala

Se aprestó a cargarla mientras bebía el café de siempre, a las 5:30 de la mañana. Sabía que ese sería quizás su último día de vida, por lo que el café le supo mejor que nunca. Pensó: la cercanía de la muerte intensifica la vida.

Rebuscó entre las cosas de su mochila para no dejar indicios que pudieran comprometer a alguien de su círculo. Tomó la Smith & Wesson, y cuando se aprestaba insertar la quinta y última bala, se dijo -como le comentó a Miguel-que esa sería para él en el caso de que lo atraparan y estuviera perdido. La miró con más detenimiento que a las otras y le dijo con cierta sorna: a lo mejor y hoy estás en mi cabeza.

Cuando lo encontraron muerto en áquel oscuro zaguán en Sabana Grande, con su cabeza recostada en una oscura almohada roja de sangre, su hermano Miguel, años más tarde, con esa imagen todavía viva en su memoria, escribiría en su corto artículo conmemorativo para la Internacional Progresista: "la quinta bala lo salvó".




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