Los muertos de Ñancahuazú
El 9 de octubre de 1967 son ejecutados en la escuelita de la Higuera, “Willi” (Simón Cuba), “Chino” (Juan Pablo Chang) y “Fernando” (Ernesto Che Guevara). Junto con otro puñado de hombres más, entre fallecidos y desertores, habían partido un 1 de febrero del mismo año del campamento Ñancahuazú para iniciar una campaña revolucionaria en Bolivia. Poco se ha escuchado sobre estos hechos. Por otro lado, el Che aparece en camisetas e inmensas telas que cuelgan en casi todas las barras bravas de los equipos latinoamericanos, a saber, cuántos de aquellos fanáticos conocen sobre estos sucesos todavía oscurecidos.
Poco importa a muchos saber, como culminó aquella corriente revolucionaria que recorría Latinoamérica. A aquéllos hombres se los calló con balas importadas desde el imperio. Y pocos se atreven ahora a intentarlo. Siguen cayendo las bombas que callan y masacran, pero que no aniquilan el propósito, ese que el Che tenía, de devolverle a este pedazo de planeta la justicia que tantos pueblos sumidos en la pobreza miserable advierten en su cotidiano vivir.
Sin embargo, como dice el poeta, “los muertos iluminan los caminos”, para todos aquellos que todavía lo intentan, ahora quizás, con otras balas, en otras selvas, en otros Ñancahuazús.
Poco importa a muchos saber, como culminó aquella corriente revolucionaria que recorría Latinoamérica. A aquéllos hombres se los calló con balas importadas desde el imperio. Y pocos se atreven ahora a intentarlo. Siguen cayendo las bombas que callan y masacran, pero que no aniquilan el propósito, ese que el Che tenía, de devolverle a este pedazo de planeta la justicia que tantos pueblos sumidos en la pobreza miserable advierten en su cotidiano vivir.
Sin embargo, como dice el poeta, “los muertos iluminan los caminos”, para todos aquellos que todavía lo intentan, ahora quizás, con otras balas, en otras selvas, en otros Ñancahuazús.