Encuentro en La Mariscal

a Stalin Coronel, quien me contó esta historia, mejor contada por supuesto
Ricardo alzó la mirada para expeler el primer humo de su cigarrillo recién encendido y al tirar la cerilla vio a su viejo amigo de colegio, Gonzalo. Recordó que le decían con indiferencia “pato”, por llegar siempre tarde a todo, incluso a la esquina de la cancha de básquet donde pasaban el recreo. Gonzalo no tardó en reconocerlo, eran las seis y algo más de la tarde, la Mariscal estaba tranquila a esa hora y apenas mojada por esa lluvia tímida de las tardes. Se saludaron bien, como dos amigos a los que les alegra que la calle les haya traído de vuelta su adolescencia. “Un traguito, ha de ser”, le dijo Ricardo esbozando esa sonrisa de galán de curso que siempre le caracterizó. Entraron en el bar de la esquina y la charla empezó como todas las charlas de amigos encontrados tras los caprichos del tiempo y el destino. “Con Julia bien”, le decía Ricardo, “A veces sí, otras no”. “Las comisiones andan mejor que nunca, todos se compran un carro, no?.” Gonzalo no hablaba mucho, se limitaba a escuchar asentando y sorbiendo el whisky on the rocks que Ricardo insistió en invitar. Y vos viejo? “Bien, por ahí ya sabes, como siempre, haciendo chauchitas.” Ricardo no insistió, sabía por la apariencia de su amigo que las cosas no le iban muy bien, en realidad nunca lo vio bien, al pato. En fin, daba gusto verlo y bueno, un whysky lo preparaba bien antes de las reprimendas de Julia en la casa. “Chao Gonzalo, llámame, me dio gusto verte” y tras sacar su billetera le extendió una impecable tarjeta de presentación. “Gracias Ricardo”. Gonzalo tomó la tarjeta y con mucha parsimonia y dulzura, tomó la billetera de Ricardo, le sacó todos los billetes. “Te dejo las tarjetas para evitarte la joda de declarlas robadas. Como te decía Ricardo, bien, estas son las chauchas que me salvan el diario.” Se dio la vuelta y cuando vio su caminar lento y tambaleante, Ricardo recordó perfectamente por qué en el colegio le llamaban pato.

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