Coca-Cola

Javier, Luis, María, Eduardo, Jackson. Nombres que empecé a encontrarme en la etiqueta roja de la Coca Cola del momento.

Curioso. Mi rostro era de estupefacción mirando nombres de personas en una botella plástica de Coca-Cola, la nueva estrategia de marketing de la marca mejor posicionada en todo el mundo. ¿Cuántas personas reconocen la marca de este refresco popular? ¿Qué quería el gigante corporativo lograr con todo esto? Empecé a divagar.

Mientras mis años de estudio en marketing trataban de descifrar la estrategia, mi otro yo, aquél que me gusta el más, el loco, me dio la respuesta. ¿Y si yo era Javier, Luis, María, Eduardo, Jackson? Si por ese momento flash, efímero, me convertía en esos seres, desconocidos para mí, pero que bien podía ser yo.

Javier, el contador del IESS, que salió a tomarse una Coca Cola y a fumar un Lark para distensionarse de la noticia que le dio su mujer esa mañana: un tercer hijo venía en camino. Luis, el mecánico de la Villaflora quien encontró por casualidad en el bolsillo derecho de su "overall" una moneda de veinticinco centavos y se dijo que una cola no le caería mal para hacer una pausa en el día. María, la estudiante de la Central, invitada a la salida de clases de Derecho por el Flaco, aquél muchacho desgarbado que la "tenía entre ceja y ceja", y simplemente le dijo como quien no quiere la cosa: "te invito una cola". Eduardo, el banquero aniñado que almuerza en el restaurante inn de la Floresta y que esa tarde rompió la dieta que le prohibía azúcares, porque era viernes. Jackson, el jugador de la Liga, sub 17, quien le ganó la apuesta a su compañero guayaco Paulo, y que ganó, por supuesto, de quién terminaba el entrenamiento con más goles.

La divagación duró poco, fue divertida. Me quedé con el Sebastián, el mismo de siempre, quien se dijo a sí mismo algo que leyó en Jodorwsky: "todos los caminos son mi camino", y pensó, soy todas las personas, ya no existo.

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