Lo que nos dejó el fútbol

A mi pana, Eduardo Cobo 

Hablaba poco en la cancha; o quizás hablaba pero no exageraba su condición de capitán y de líder indiscutible. -!Arriba!- o -!Tuya Serrano!- son las voces que ahora me susurran la memoria.

Para un pelado de 8 años, lo que ocurre dentro del campo de juego es la vida. Se juega la vida, literalmente. Depende de los otros, patea, corre, la intenta, la caga. Esto nos enseña el fútbol, como un presagio de la vida, como la madre que nos alecciona sobre lo que nos espera. Albert Camus dijo que había aprendido dentro de la cancha todo lo que se debe conocer sobre la vida. Y era verdad.

Han pasado casi 40 años de estos recuerdos que recorren la memoria como nubes que amenazan lluvia, que se van como si nunca hubieran estado. La libertad del ser. Hace poco miraba en la TV a los vice campeones de un prestigioso campeonato en Europa al momento de la premiación, retiraban las medallas de plata de su pecho como si éstas les apestaran, como si fueran un estigma de la derrota. Y en un mundo donde abundamos los derrotados, me surgía una rebeldía en el pecho, porque dentro de la cancha, ya hace cuarenta años, no fue eso lo que el fútbol me dejó. El fútbol, me decía a mí mismo, dignifica a todos, nos iguala. Es verdad que el equipo que gana, gana una victoria pírrica, la celebra, la canta. Pero el que pierde, agacha la cabeza pero sale digno, entero de haber jugado 90 minutos a muerte. Los que se sacan las medallas creo, no entendieron bien el juego. La derrota que se lleva con dignidad, esa es la verdadera victoria.

Me contó un día: "Soñé que estábamos al final de un partido, y vos Serrano, ibas a patear un tiro libre al borde del área. El estadio lleno gritaba expectante. Yo parado junto al balón, te miro, miro al balón, me animo y le pego. !Goooooooooooool, carajo, goooooooool!."

Ganamos el partido mi pana, ganamos.


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