Borges bajo mi cama

Cuando la realidad no es capaz de proveernos alguna diversión, una sorpresa, el inconciente acude presto a la cita. El siguiente relato es la fiel narración de un sueño.

Estábamos de vacacaiones con un grupo de amigos (desconocidos) en una vieja casa del centro de Buenos Aires. A mí me habían asignado una habitación en el último piso de la casa; la habitación era sencilla pero contaba con muebles suntuosos del siglo pasado o antepasado. El principal espacio lo ocupaba una cama de dos plazas y media, de metal. Al frente había una especie de neceser gigante que contenía pequeñas cosas, cosas que claramente habían pertenecido a alguien, al antiguo ocupante de la habitación en cuestión.

En algún momento del sueño, se me ocurrió -al saberme en Buenos Aires- hacer una visita a la librería donde acudía asiduamente Borges en vida, quizás también a la biblioteca donde trabajó. A mis amigos les entusiasmó el plan y todos empezamos a prepararnos para salir. Yo en este momento empecé a buscar mi zapatos. Evidentemente, no los traía puestos y recuerdo que eran unos zapatos que había comprado (en la vida real) en París y eran dos tallas más grandes a la mía. Tenía uno a la mano y me lo calcé, pero no lograba encontrar el otro par. Recuerdo que buscaba incesantemente con cierta impaciencia debajo de los muebles, sin ningun éxito. En un momento dado, no tenía ningún zapato y frustrado se lo comenté a mis amigos que en ese momento ya me aguardaban listos en el rellano de la puerta para salir. De pronto sentí que había alguien en la habitación que me estaba jugando una mala pasada, alguien a quien le molestaba mi presencia en esa habitación que le había pertenecido en vida y que se molestaba de que revuelva sus cosas. En una de mis últimas desesperadas búsquedas, encontré sus zapatillas de noche envueltas en un estuche. Cuando las vi, comprendí que su dueño era quien me estaba produciendo mi retraso; casi al instante, cuando miro debajo de la cama, encuentro un cuerpo largo y pesado. Cuando decido arrastrarlo hacia afuera para mirar quién era, puedo mirar su rostro, una persona anciana de unos 85 años, muerta o que fingía estarlo.

El final del sueño parece absurdo pero no deja de ser jocoso. Le miro a la cara a este muerto que sabía era el legítimo propietario de ese espacio y le reclamo aireado:

 -Qué te he hecho yo? 

- Qué te he hecho yo?

El difunto antiguo propietario me mira con indulgencia y cierto apocamiento. 

Despierto y recuerdo esta frase borgiana: "La meta es el olvido. Yo he llegado antes."

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