Reflexión diurna
por Sebastián Serrano
Mi pequeño Edén. No, no es el nombre de un jardín de infantes. Es así como se me ha ocurrido llamarle a mi jardín, el de la casa de la que quiero hablarle. La alquilo desde hace 5 meses, y hoy apenas he comprendido que será mi hogar por algunos más. Es grande. Tan grande que la gente que me visita se asusta cuando le digo que soy su único habitante. Pero me he acostumbrado, muy a pesar de mi siempre monástica predilección por los espacios reducidos y funcionales. He optado, también funcionalmente, por cerrar las tres habitaciones que no ocupo y así imagino que la casa se circunscribe a las tres restantes.
Pero volvamos a lo del jardín. Sin duda, es lo más elocuente que tiene la casa, no le miento, hasta me habla. Me perdonó que a mi llegada habíamos acordado con el propietario de que cortaran todo aquello que yo pensaba era maleza y que sin embargo, con el transcurso de las semanas he ido descubriendo que se trata de una bella amalgama de plantas y flores silvestres. Sí, de hecho todas las mañanas y tardes unos cuantos pajaritos parlanchines se agolpan entre las hierbas a descascarar semillas. Yo los observo en silencio mientras sorbo el café o simplemente cuando los fines de semana me echo en la hamaca que coloqué entre la manga (en este país los mangos son de sexo femenino) y el manzano del Brasil. Desde lo bajo de la hamaca puedo ver incluso, uno que otro pájaro carpintero (los reconozco por el penacho rojo y su pico con forma de triángulo isósceles) en busca de hormigas o quién sabe de qué bichos en la madera de la manga. Mi presencia allá abajo le es absolutamente indiferente, como si fuera yo un penígero más del montón. Es en ese momento, cuando me siento pájaro por una vez en la vida.