Excelencia, Han pasado los días y no he tenido la oportunidad de verle. La ciudad de la que usted dijo "no era mi teatro" sigue fría y obscura, parece que un velo habría caído del cielo tras su partida. No he tenido sus noticias y sin embargo, a cada instante me asomo a la ventana tras escuchar los pasos en la calle empedrada de un caballo, cualquier caballo, con la astuta esperanza de sus misivas. Imagino su ingenio no deja de meditar sobre su partida definitiva a Venezuela, y créame, le seguiría y me pondría a su servicio, si así usted lo dispusiera. Sé que esto será difícil, ya lo veo a usted mirando en el espejo los futuros inciertos de nuestra patria y prestante ante las noticias del congreso que lo ratifiquen como presidente vitalicio. No voy a abrumarlo ahora con temas políticos, le aseguro mi general, no añoro nada más en este momento que discutir en su presencia, estos menesteres que para su excelencia (y para mí) no son asuntos menores. Por ahora, me conformo con...